El período del Romanticismo se caracterizó, por gestar aquel
movimiento crucial para comprender y asimilar la cultura occidental moderna. Dentro
de sus múltiples características y atribuciones que lo distinguen como tal, se
encuentra una en particular, que por su complejidad llama la atención tanto del
espectador de la obra, como de quien la analiza desde una mirada mucho más
analítica.
El ensimismamiento, según Michael Fried (El lugar del
espectador), “es aquel estado o condición absorta, de estar completamente
entregado, extasiado o como yo prefiero decir, ensimismado en lo que se está
haciendo”.
En base a esto, y para comprender de forma práctica este
concepto, podemos centrar nuestra atención en la obra de Johann Heinrich Fussli, la cual fue creada en la etapa de madurez como artista,
correspondiente a óleo sobre
lienzo, llamada “Silencio” de 1.800. Medidas 63,5 × 51,5 cm. Localización, Kunsthaus.
Zúrich.
Este cuadro monocromo, con una figura central y luminosa que
se sobrepone al fondo oscuro, denota por su postura ambigüedad de sentimientos,
lo cual se relaciona con el ensimismamiento. Pareciera, como si esta mujer de
cabellos rubios y cuerpo grande estuviera buscando en su interior una energía
misteriosa que la proyectara hacia otro plano o quizá la emancipe de esa
oscuridad que la rodea.
Acá el ensimismamiento es patente en la postura del cuerpo.
Genera de forma explícita que el personaje, si bien se encuentra en un lugar
físico determinado, su mente o espíritu divaga por otros parajes.
Esto mismo, es lo que lo hace tan interesante, misterioso y atrayente para quien se expone a una obra así. Nosotros como espectadores, irremediablemente nos preguntaremos qué está pensando esta mujer, dónde está su mente. Está perdida, absorta en su mundo, en su propia realidad.
Este ejemplo que recae en la obra Silencio, muestra como el
ensimismamiento no tiene relación alguna con la mirada de los personajes, va
mucho más allá de esto. Se relaciona con una lectura absolutamente corporal,
completa, que toma al personaje y lo lanza fuera del cuadro, aún estando dentro
de el.
Como explica Argan (El Arte Moderno), aludiendo al período
romántico, “pintar significa darle a un cuadro un peso, una consistencia mayor
a lo que se ve”, y el ensimismamiento hace precisamente eso, toca una cuerda
del sentir del espectador, que lo invita a descubrir, a buscar algo que
paradójicamente no está hecho para él.
De ahí la importancia de la evocación en la pintura, de la
inconsciencia de la figura o del grupo de personas hacia todo aquello que no
fuese objeto de la atención inminente.
El ensimismamiento deja en claro frente a quien observa la
obra de arte, que entre todos los
objetos que pueden llamar su atención, nunca estuvo como prioridad el espectador
situado ante el cuadro.
Y esto por supuesto que nos atrae, porque crea una distancia
con nosotros. Nos atrae tanto como los silencios, como las personas que esconden
un secreto, como todas aquellas preguntas que no tienen una respuesta certera.
