El período Romántico entrega dentro de sus múltiples aportes,
una postura radical ante la naturaleza y su relación con el hombre, haciéndonos
comprender cómo la ruina y lo sublime se relacionan inevitablemente con el arte
y la vida.
Como menciona J.L Marzo en La Ruina o la Estética del Tiempo
“El porvenir de la belleza es la muerte, que en sí misma es belleza y vida.
Pero todo este proceso solo se puede gestar en el interior del artista. El
Romántico ya no mira como el ilustrado, sino que siente”, y en ese sentir nos
encontramos con lo sublime.
La pintura de Friedrich, El naufragio en un mar helado de
1798, representa esta relación. Vemos como este cuadro muestra el naufragio
como ruina, como producto de la fuerza intempestiva de la naturaleza. Aquella
que es sublime, que nos sobrepasa y nos conecta con el sentirnos aplastado por
su potencia.
Aquello que podría ser una catástrofe, algo indeseado, desde
la comprensión del Romanticismo es el lugar que nos hace reflexionar sobre ese
abismo entre sujeto y objeto, aquello que nos separa y nos une a las cosas.
La ruina entonces es aquello que no se vio llegar, pero se
hace presente y viene a cobrar su lugar. Desde este punto, ésta sería una alegoría
que empieza a pensarse de forma
diferente, encontrándole un sentido mucho más profundo.
El romántico entiende que la naturaleza destruye, el
verdadero genio está en ella misma y se materializa a través de la ruina, que
es donde podemos apreciar la belleza.
J.L Marzo lo explica magistralmente: “El espacio y el tiempo ruinoso se dispondrán como punta de lanza para un nuevo camino de regeneración artística. La belleza, el amor y la muerte se hermanan como escribiera Leopardi en Amore e Morte”.
En la atracción del abismo de Rafael Argullol, menciona lo
siguiente frente a este tema: “En el paisaje romántico el artista celebra
titánicamente la ceremonia de la desposesión. Sin embargo esta desposesión está
perdida de centralidad por parte del hombre, está la consciencia de la
autominimización”.
Como podemos apreciar aquello sublime que entrega la ruina,
no es otra cosa que ese lugar donde se topa lo finito y lo infinito. Por eso no
pasa indiferente, genera una reacción en nuestro interior, nos ayuda a contemplar
y a entender que la única verdad, lo eterno del presente es que siempre, todo,
estará arruinándose de forma constante y nada escapa a esta verdad.
Es así, como la sensibilidad hacia aquellas situaciones
profundas, permitió al artista romántico manifestar libremente sus emociones,
aquellas que afectaban al ser humano de su época, aceptando lo subjetivo y lo
vulnerable a través de la ruina, incorporando lo inconmensurable y lo sublime
para encontrar algún sentido a la vida.
Con todo esto como base y argumento, cabe preguntarse si como
sociedad moderna, nosotros podremos acceder a lo más excelso y perfecto sin
pasar por el deterioro inevitable de toda creación.
ANAMAR ZÚÑIGA
