El día miércoles 09 de noviembre, la Sala de Viña del Mar presentó la inauguración a la exposición recopilatoria de obras del grabador regional Carlos Hermosilla.
Junto a esta muestra estaban acompañando gran parte de la
generación de grabadores de la Quinta Región, que actualmente se encuentran
trabajando en la difusión del grabado desde la educación artística, como la
presentación a nivel nacional e internacional de su obra.
Entre ellos, estaban presentes artistas de la Escuela de Bellas Artes Viña del Mar como Gladys Figueroa, Roberlindo Villegas, Marco Antonio Sepúlveda y otros artistas de la Escuela de Bellas Artes de Valparaíso, Casaplan, Centro del Grabado, Universidad Playa Ancha.
Personalmente, fue un momento muy enriquecedor como estudiante
de grabado poder observar los diferentes trabajos, estudiar con calma el uso de
la técnica y generar conversaciones entorno a este oficio con otros grabadores
y personas que conocieron en vida a don Carlos Hermosilla.
Las fotografías que a continuación presento, son aquellas que
seleccioné porque llamaron mi atención para profundizar en mi propio proceso y
desarrollo de la comprensión del grabado.
Entre ellas hay una gran variedad de aguafuerte y punta seca,
técnicas en la cual me siento muy cómoda con su realización y desde donde pude
extraer diferentes apreciaciones de cómo dar profundidad, luz, generar trazo
seguro, etc
También hay xilografías, las cuales las seleccione para poder comprender la estructura de rostro y expresión que se puede obtener a través del trazo y el trabajo expresivo de la línea.
El dibujante, grabador y docente Carlos Hermosilla Álvarez,
nació en el puerto de Valparaíso en 1905. Sus primeros pasos los realizó en
Cerro Alegre, lugar pintoresco cargado de identidad que como declaraba Joaquín
Edward Bello, es “(…) un esquema de la humanidad misma”.
Don Carlos habitó ese espacio donde coexistían ranchos
humildes desposeídos de toda fortuna. Las casas sencillas de la clase media y casonas
con aspiraciones de palacio, erigidas por la aristocracia comercial, naviera y
bancaria, estaban compuestas principalmente por inmigrantes ingleses, croatas,
italianos, españoles y alemanes.
Posterior al espantoso terremoto de 1906, su familia se trasladó
al Cerro Toro, sector de un marcado perfil popular habitado principalmente por
“vaporinos”. Estibadores, navegantes, obreros de dique fueron sus vecinos, los
que posteriormente serían centrales protagonistas en las obras de don Carlos.
Callejeó, peloteó, jugó con los chiquillos del puerto en
torno a la Iglesia la Matriz, santuario en el que fue bautizado. Estaba
empapado de esa “aura populis” de un mundo pequeño, heterogéneo,
entrañable, cambiante y mágico. La pobreza siempre rondó a su alrededor y generaba
una constante incertidumbre al futuro, pero pese a eso, fue feliz.
Las carencias más azarosas llegaron cuando su padre, técnico
de taller gráfico, se quedó sin trabajo y la familia emigró a la ciudad de
Concepción buscando un mejor pasar. Carlos, siendo aún un pequeño niño tuvo que
salir a buscar sustento para apoyar a su familia. Fue el “chico de los
mandados” de librerías, telégrafos, fruterías y sastrerías.
Sin embargo, siempre estuvo vinculado al trabajo de su padre con la prensa. Siendo su ayudante, demostró sus aptitudes, logrando trazar sus primeros dibujos.
Otro hecho marcaría profundamente esa existencia en
Hermosilla, la que se sitúa entre la esperanza y la tristeza. En 1926, Carlos
con 18 años de edad, retornó a Valparaíso junto a su familia. Aún viviendo en
la precariedad, la devastadora poliomielitis atacó al artista. Los embates del
virus obligaron a sus doctores a amputarle la mano y pie izquierdo. El
peregrinaje por distintos hospitales y el reposo obligado, lo llevaron a realizar
una profunda reflexión sobre su entorno; sobre las peculiaridades urbanas, la
identidad y lo popular, en definitiva, escudriñar en la existencia misma del
nativo de Alimapu.
El resultado de estas meditaciones lo llevarían a decretar:
“Seré pintor”, ¿cómo?, ¿cuándo? No lo sabía, pero sus energías y anhelos eran
imposibles de torcer.
Con toda esa impronta, el artista comenzó su carrera como
autodidacta. Luego, en 1930, ingresó a la Escuela de Arte de la Universidad de
Chile. Fue alumno de Ana Cortés, la primera pintora chilena en ser Premio
Nacional de Arte. Hermosilla, se perfeccionó en la prensa gracias a los
estudios adquiridos en el Taller de Artes Gráficas de Marco Bontá.
En sus inicios creó algunas obras en óleo y temple, pero fue
la técnica del grabado a la cual dedicó toda su carrera artística: Dibujos,
litografías, xilografías, aguafuertes, puntas secas, linóleos y monocopias,
fueron sus soportes más utilizados.
Toda su obra es reflejo de su fibra más interior; una existencia difícil, llena de desventuras y carencias, a la cual impregnó una profunda melancolía en sus grabados, pero la energía vital que lo caracterizaba le permitía representar la miseria con una notable dignidad, llena de luces.
Valparaíso, el puerto, cerros, sus calles y vecinos fueron
sus musas. Los influjos directos del medio familiar y urbano se aprecian en sus
estampas. Su arte no tuvo otra ambición que ser un testimonio de su época.
Hermosilla comprendía a cabalidad el importante compromiso que tiene un artista
con su contexto. Es consciente que no es lícito rechazar tal responsabilidad
depositada en sus gubias, rascadores y bruñidores.
Durante más de 3 décadas, su carrera ascendió nacional e
internacionalmente. Realizó más de 50 exposiciones individuales y participó en
más de 50 exposiciones colectivas. Destacan la Exposición de Grabados, Río de
Janeiro, Brasil de 1943; Exposición de Grabados en Bloomington, Illinois,
Estados Unidos de 1945; la Bienal Internacional de São Paulo, Brasil de 1951;
Exposición de Grabado Intergraphic, Berlín, Alemania de 1970. En la década del
70 se le dedicaron decenas de muestras retrospectivas, tanto en Chile como en
el extranjero.
Fue premiado y distinguido con una veintena de
reconocimientos, en la cual se sobresalen el Primer Premio en el Salón Oficial,
Santiago de 1938; la Medalla de Oro Exposición de Arte Chileno en Buenos Aires
de 1940; fue condecorado por la Federación de Artistas Plásticos de la
República Democrática Alemana en 1970. Además, Valparaíso, le otorgó la
categoría de Ciudadano Ilustre.
Sus obras actualmente se encuentran cauteladas por distintos museos e instituciones nacionales, tales como el Museo Histórico Nacional; Biblioteca Santiago Severín; Ilustre Municipalidad de Valparaíso; Museo de Arte Contemporáneo; Pinacoteca de Concepción; entre otros, pero es el Fondo de las Artes de la Universidad de Playa Ancha y su flamante Museo Universitario del Grabado, el que cautela la mayor parte del patrimonio artístico del grabador.
Sus telas y papeles también representan el arte de la prensa
internacionalmente. Ejemplares son cautelados por el Museo de Lídice de
República Checa, el Museo de Washington de Estados Unidos, el Museo de
Stalingrado en Rusia y en la Collection of Latin American Art de la Universidad
de Essex en Reino Unido.
Dentro de toda esta vasta trayectoria, además, tuvo la
generosidad de compartir todos sus conocimientos con las nuevas generaciones.
Fue profesor de dibujo y grabado de la Escuela de Bellas Artes de Viña del Mar
y fue fundador del Taller de Artes Gráficas de la misma ciudad.
ANAMAR ZÚÑIGA













