La técnica fotográfica llegó a Chile en 1843, luego de dos
intentos fallidos. Los fotógrafos de aquel tiempo, estaban insertos en una
sociedad donde la alta tasa de mortalidad de mediados del siglo XIX era
evidente. Todo esto fue producto de lo poco avanzada que se encontraba
especialmente la medicina y la nula prevención de enfermedades.
Fue frecuente, en gran número la muerte de amigos y familiares. Dentro de este grupo, se encontraba recién nacidos o niños pequeños que sucumbían ante diferentes situaciones de salud.
Y es acá donde la fotografía ingresa de forma inesperada, pero realmente valiosa para retratar a aquellos infantes, quedando la imagen como fiel testigo de su paso por esta vida.
La fotografía Post Mortem, nombre con el cual fue conocida esta especialidad, fue variando de acuerdo a su desarrollo. Al principio los niños se mostraban como si estuvieran durmiendo para poder erradicar cualquier signo que se asociara con la muerte. Luego, los padres generaron pequeños altares para poder venerarlos y despedirlos como “angelitos” por su corta edad de fallecimiento. Y ya a fines del siglo XIX, se hizo más común mostrar a la persona fallecida dentro del ataúd.
Pero, por qué era tan necesario registrar este momento para
los familiares? Y más aún, Por qué guardar como un gran tesoro esta imagen de
un niño que ya estaba muerto?
Tal vez la respuesta la podemos vislumbrar en el siguiente
párrafo del libro La Cámara Lúcida, de Roland Barthes: “Diríase que la
fotografía lleva siempre su referente, consigo estando marcados ambos por la
misma inmovilidad amorosa o fúnebre, en el seno mismo del mundo en movimiento,
están pegados el uno al otro, miembro a miembro.”
Acá podemos apreciar como Barthes hace referencia a la unión
indisoluble de la fotografía con su referente. Y esto puede servir de apoyo
para comprender la importancia de aquello familiares en conservar un retrato de
estas características. Ese trozo de papel, es el fiel testigo que en algún
momento esa persona existió. Pero lo más asombroso aún, es que esa imagen ES LA
PERSONA.
Cargado de emocionalidad y recuerdos, lo que se conoció de
aquel ser humano quedó encapsulado en aquella fotografía para vencer el tiempo
y permanecer más allá de la muerte y del olvido.
Por lo tanto, la fotografía post mortem tiene la gran misión de entregar no solo la información de la persona fallecida, que esto sería algo absolutamente familiar. También revela a nivel general, un período de la sociedad, donde se puede extraer material de cómo se vivía en aquel tiempo, cuáles eran las problemáticas, creencias o pensamientos que estaban presentes en aquel tiempo.
Lo anteriormente descrito lo podemos ver reflejado en el libro El Acto Fotográfico de Philippe Dubois. “La repartición queda clara, para la fotografía la función documental, la referencia, lo concreto, el contenido; para la pintura la investigación formal, el arte, lo imaginario”
Dubois muestra la diferencia radical entre la fotografía y la pintura. Pero más allá de eso, y entorno a lo que estamos analizando, entrega ese valor “documental” a la fotografía. Esto último, también fundamenta el hecho de que familiares tuviesen tanto interés en dejar estos registros y resguardarlo a través del tiempo. Lo concreto está ahí frente a nuestros ojos y a nuestra realidad independiente de cuándo lo veamos.
Se puede comprender entonces que la muerte a través de este tipo fotografías, algo absolutamente nuevo y moderno para la época, ayudaba a las personas a consolar a los vivos, honrar a los muertos, pero lo más relevante de todo, es que a través de esta técnica se documentaba para no depender más de la memoria frágil del ser humano y tener un recuerdo físico- real de la persona que se fue.
