Gil de Castro es aquel pintor que está en el momento exacto de un cambio profundo de la sociedad, uniendo o produciendo este nexo entre aquello que se vivía y el cambio que se estaba gestando. Eso se ve reflejado en su obra, la cual está repleta de interpretaciones y deducciones, ya que tiene aspectos que se contraponen en la lectura.
Citando a Galaz e Ivelic en La pintura en Chile desde la Colonia hasta
1981, “este artista entendió que entre ambas épocas no había ruptura sino
encuentro, y que era perfectamente posible conciliar una técnica cuyo
aprendizaje había realizado en los marcos del espíritu colonial”.
Es así como podemos apreciar cuadros en los que su pintura se puede ver más
bien rudimentaria, escaso dominio de la perspectiva, desproporción, en contraposición
con pinturas donde destaca la cualidad del color en los objetos, en las telas,
el trabajo expresivo de los detalles y la incorporación de línea que tanto lo
caracteriza. Dejando al espectador con la sensación que aquello que se puede
apreciar como un error o una falta de técnica o conocimiento en primera
instancia, es algo que pudiese ser perfectamente proposital por parte del
autor.
En relación a este tema, he seleccionado el cuadro, Don Ramón Martínez de
Luco y Caldesa y su hijo Don José Fabián (1819). En el podemos apreciar la
precisión en las texturas de las telas de fondo, de las vestimentas, el brillo
en la mirada de los retratados y la incorporación de un objeto en miniatura
realizado con gran detalle, versus la rigidez de sus modelos y la poca simetría
en sus composiciones. Todo convive en un mismo espacio.
Comprendiendo lo interesante de la época en la que se encuentra Gil de
Castro realizando su labor, es sugerente analizar si en esta mezcla inherente
estaba su propuesta personal de los acontecimientos, su visión de lo que
sucedía.
En este mismo cuadro podemos observar precisamente aquello, en el detalle
del objeto que tiene el niño retratado en su mano. Se logra identificar un
pequeño mono con navaja que está frente a un espejo, entregando un potente
mensaje sobre el cambio a nivel social que se estaba produciendo en ese
momento.
Esto muestra como el autor expresa su visión personal de aquello que está
aconteciendo, ingresándola de una forma atrevida, algo que no sucedía de forma
muy reiterativa en otros cuadros de la época. Los cuales más allá de incorporar
el análisis del autor, solamente se limitaban a retratar lo que se encargaba.
Como ejemplo para este caso, he seleccionado la obra de Vicente Albán, donde podemos ver claramente como se busca resaltar y exaltar a la clase de la alta sociedad, sin ningún mensaje oculto propio frente a esta situación.
Pero si estamos en un período donde aún todo se está entrelazando y eso
también se ve en la pintura. Entonces podemos comprender que no todo el trabajo
de este autor estuvo orientado a ingresar su crítica personal, sino que también
se dedicó a realizar exactamente lo que solicitaban.
Es así, como recopilando diferentes retratos de mujeres que pintó Gil de
Castro, se logra apreciar un patrón o plantilla donde va insertando a la
persona en un todo ya creado. No hay una crítica de por medio o algún detalle
que entregue una segunda lectura. Simplemente está la persona en su rol dentro
de la nueva sociedad que se está formando.
Como menciona José Manuel Martínez en su texto, Gil de Castro estuvo aquí,
una sociedad en tiempos de cambio “Es un período muy intenso en su trabajo de
retratista, donde testimonió este cambio en la concepción del súbdito al de
ciudadano, lo que no solo determinó una revolución en las concepciones
políticas y jurídicas”
Con esta contraposición constante en sus trabajos, por supuesto que su obra
en la actualidad causa un interés más allá de los simplemente histórico. Está
la necesidad de poder dilucidar desde diferentes áreas cómo este personaje
afrontó la pintura, su rol como artista y retratista desde el momento de
transición del territorio, para así tener una mejor comprensión de su
desarrollo pictórico.
Anamar Zúñiga



